viernes, 29 de octubre de 2010

El obrero.

Los últimos rayos de sol, dando el colorido especial al atardecer, había sido un día expléndido, pero para mi demasiado largo, gris y triste. Llegamos a la casa del obrero, una pequeña construcción de madera, rodeada de arbustos tán frágiles como la vivienda, los pequeños que estaban simulaban un juego, corrieron hacia el interior y desde allí observé que varios ojos miraban absortos e intrigados. Llamamos, haciendo palmas, en realidad fue papá el que lo hizo, salió un hombre adusto de mediana edad y con una mirada sombría nos observó desconfiado, su aspecto denotaba la labor realizada ese día, esbozó una leve sonrisa cuando saludó con gesto sombrío. Papá le interrogó y el contestó cada una de las preguntas sin inmutarse, que simpleza hay en sus palabras pensé, me imaginé una imagen de pureza, a pesar de la rudeza de sus gestos y de los razgos que lo hacían diferente al entorno ya conocido por mi, donde lo complejo es visto como algo natural y cotidiano.Regresamos en silencio, solo el sonido del rodado, que transitaba por el camino pedregoso se dejaba oir, los costados con alguna vegetación desprolija, apenas se distinguían en la noche que había cubierto con su negro manto nuestro camino de regreso. Pensé en tantas cosas, en mi mente había imágenes sueltas, aún no se si era un sueño o era otra de mis visiones, pero no dije nada, permanecí callada y de vez en cuando miraba a papá que manejaba sin que se le moviera un solo músculo, solo a veces me miraba, me acariciaba la cabeza y me decía: "tranquila esto es solo un chubasco, no te preocupes, no alcanza a ser una tormenta", le sonreí y seguí en mi silencio, mi alma no estaba tranquila.

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