martes, 28 de junio de 2011

La persistencia del recuerdo

El recuerdo aguardó un largo rato a que lo bañara la luz de color amarillo limón de la madrugada, el escenario estaba preparado y el recuerdo allí estaba entre las hojas alargadas y verdes de los matorrales, el recuerdo nómade, solitario y en desesperada persecusión traz un alma que no puede olvidar. El recuerdo avanzó desde las empinadas campiñas, hasta la llanura, atravezando líneas de olores, sin preocupación, pues flota cerca de la hierba en los días apacibles, concentrado en la brisa, suele sorprenderlo la noche, mientras descanza se abate en oleadas de sueños, tan vivos, tan especiales, que el recuerdo despierta abandonando el tibio candor de sábanas de ámbar.
El recuerdo se hace así tan potente que viaja por lugares de insólitas bellezas e insolentes intimidades de playas lejanas y osados y permanentes acantilados donde van a morir grandes olas de sal.
El recuerdo madura lentamente y se mantiene alerta para establecerse de manera permanente en el gran palco que le permite dominar el desfile que pasan por los sentidos, que ahora le pertenecen, su tiempo es implacable y lo trae en un retorno cruel y sediento para inquietar sentimientos y descubrir heridas que duelen.
El recuerdo persiste, sin tregua, sin pausa todo lo toma, insistente, sutil, audaz, cerrando la puerta a un nuevo presente, que dejara nuevos recuerdos

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