Caminé descalza por la playa desierta, ya caía la tarde, la arena me provocaba un dulce placer bajo mis pies desnudos.
Las aves mostraban su desconfianza y mis manos las invitaba a acercarse, pero ellas seguían cruzando el cielo, sabiendo que alguíen estaba mirándolos desde abajo.
De pronto te ví allí, sentado sobre un pequeño peñasco, mirando a la lejanía, de un mar que un tanto inquieto, hacía volar tu imaginación, quién sabe a que mundos de fantasías, aún no vividos.
Me acerque sigilósamente, hubiese permanecido allí, callada, solo por no interrumpir tus pensamientos.
En ese momento volteaste y me viste, te paraste y con tu andar seductor caminaste hacia mi, y ya frente a frente solo susurraste, "somos dos almas perdidas en la inmensidad de un universo, que hoy se han encontrado".
En ese momento, vimos que el cielo se había cubierto de oscuras nubes, y ya las primeras gotas caían, te sacaste el saco y me cubriste, llovía más fuerte y corrimos a refugiarnos a una especie de cueva, que emergía de unos acantilados, allí mojados y temblorosos nos buscamos con la mirada, nos extasiamos sin rozarnos, solo nos miramos, como atraídos por imanes invisibles, culminamos en un interminable abrazo, que nos fusionó, con nuestros sentidos activados en un solo fervor, y fuimos mar y arena, olas y espuma, sal y estela, y las estrellas brillaron para nosotros, y nuestros cuerpos en concavo y convexo, fueron extásis, conjugando sentimiento y voluntad.
La noche cautivante se fue marchando y el nuevo día nos sorprendió en una delicada expresión, que reflejaba la concepción de las cosas divinas, que solo un gran deseo compartido convierte en realidad.
Y la playa solitaria estaba allí ante nuestra vista...

No hay comentarios:
Publicar un comentario