Junto a la ciudad que despertaba, donde viven seres sin rostros, existe un bosque antiguo y siniestro, los grandes árboles parecen abarcarlo todo y el sonido extraño de animales misteriosos se escuchan a lo lejos.
Sin darnos cuenta nuestros cuerpos fueron arremolinados por luces intensas que provenían de un infinito lejano y que atravezaban la soledad de nuestras almas sin importarles el daño provocado en ellas, cual blanca hechicera la maldad encerrada en su coraza de espejos sin imágenes escapa para cometer su crueldad delante de su más preciado tesoro el amor que no puede encontrar.
Asi con sus artimanias destruyó el amor , aunque indestructible, alejóa el amor del amor, separar como en una perfecta división celular, para que sus partes queden diseminadas por un espacio de blancas nebulosas, de nubecillas que van y vienen como danzando quien sabe en que maléfica armonía demoníaca, y asi en ese día que despertaba sin tregua en el vaivén incanzable de personas que caminan torpes, somnolientas o manejan sus enormes carros sin saber hacia donde van, entre la algarabía del nuevo día, entre el humo de chimeneas que se dibujan en la nada, y los fuegos de hogares encendidos para tratar de menguar el frío del invierno, estamos nosotros inmersos en la oscuridad de la desolación, del desamparo, en una profunda oscuridad que nos invadió y que sin darnos cuenta nos separó definitivamente, el mal nos tomó por sorpresa, nada estaba previsto, todo fue realizado con la rapidez de un rayo, la maléfica llama levantó una extraña muralla, quedando uno de cada lado, demasiado alta para poder saltarla, nuestras fuerzas lucharon en vano para poder derribarla, esta vez la astucia del mal, no nos dejó brillar con nuestra luz de amor y un oscuro día nos invadió

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